El Paseo de la Reforma no solo fue escenario de fuertes consignas, sino también un inmenso tianguis de solidaridad femenina en medio de la protesta. A la par de la marcha del 8M, decenas de «mercaditas» feministas se instalaron en las banquetas de la Ciudad de México para reivindicar el comercio autónomo y enfrentar cara a cara la violencia económica.
Desde la Glorieta de las Mujeres que Luchan hasta la Alameda Central, las manifestantes tendieron sus mantas en el piso para ofrecer todo tipo de mercancías. Pañuelos morados, pines, camisetas impresas, agua embotellada y artesanías fueron la moneda de cambio en una jornada donde las mujeres buscaron llevar el pan a la mesa mediante el esfuerzo cien por ciento colectivo.
Este fenómeno de comercio informal dentro de la marcha no es nuevo, pero este 2026 cobró una fuerza inusitada. Las organizadoras explicaron que la «mercadita» es una protesta directa contra un sistema laboral formal que sigue pagando menos a las mujeres y que, en muchos casos, les cierra las puertas definitivamente por cuestiones de maternidad.
El ambiente en estos corredores comerciales improvisados fue de puro apoyo. La dinámica del trueque se hizo presente entre las vendedoras, quienes no dudaron en intercambiar alimentos por mercancía, demostrando que en el barrio feminista la mano se da sin miramientos y la competencia desleal queda completamente en segundo término.
Mientras las vendedoras autónomas hacían su agosto ofreciendo artículos alusivos a la marcha, el comercio establecido tuvo reacciones polarizadas. Las cadenas corporativas y bancos ubicados en la ruta tapiaron sus vitrinas con placas de metal, cerrando a cal y canto por protocolo de seguridad ante el paso del grueso de los contingentes.
En contraste, pequeños comercios locales, cafeterías y tiendas de abarrotes de las calles aledañas optaron por mantener las cortinas arriba. Muchos de estos locatarios se pusieron guapos ofreciendo sus sanitarios a las manifestantes, entendiendo que la marea morada también representa un impulso económico nada despreciable para sus ventas dominicales.
Las autoridades de vía pública del gobierno capitalino mantuvieron un perfil bajo ante el comercio itinerante de las mercaditas. En un acuerdo tácito de tolerancia, los inspectores evitaron armar zafarranchos o decomisar mercancía, permitiendo que la vendimia transcurriera en santa paz bajo los árboles de la principal avenida del país.
Para muchas de las participantes, vender en el marco del 8M representa su principal fuente de ingresos del mes. Historias de madres solteras y estudiantes universitarias abundaron detrás de cada puesto, dejando ver que el emprendimiento de banqueta es, muchas veces, el único salvavidas financiero que tienen a la mano.
Al final del día, las mercaditas levantaron sus mantas dejando poco rastro de su paso, pero con los bolsillos un poco menos asfixiados. Esta manifestación económica reafirma que la lucha de las mujeres en la capital no solo se grita frente a las instituciones, sino que también se trabaja a ras de suelo todos los días.












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