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Ciencia y Tecnología

1,500 millones de dólares: el precio de destruir libros para IA

Anthropic compró millones de libros, les cortó el lomo y los escaneó para entrenar a Claude. Un juez ya definió qué parte de eso fue legal.

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Documentos judiciales desclasificados en Estados Unidos revelaron que la empresa de inteligencia artificial Anthropic ejecutó desde 2024 una operación interna bautizada «Proyecto Panamá», cuyo objetivo, según un memorándum fechado el 13 de abril de ese año, era «escanear destructivamente todos los libros del mundo». El procedimiento consistía en comprar ejemplares usados, rebanarles el lomo con una máquina de corte hidráulica, digitalizar las páginas sueltas a alta velocidad y desechar el papel restante. Todo para alimentar a Claude, su modelo conversacional. El mismo documento incluye una instrucción para el personal: no querían que se supiera que estaban trabajando en eso.

El detalle que incomoda no es la escala, es la mecánica. Piénselo así: es como comprar un platillo en una fonda, fotografiarlo desde todos los ángulos, quedarse con las fotos y tirar la comida a la basura. Nadie robó nada, técnicamente. Pero el platillo ya no existe para nadie más. ¿Y quién decide que ese sea el destino de un libro descatalogado del que quedan tres copias en el planeta?

La historia salió a la luz por una vía indirecta. En 2023, la escritora estadounidense Andrea Bartz descubrió que su obra figuraba en bases de datos usadas para entrenar modelos de IA. Se alió con otros dos autores y demandó. El caso, ventilado en la Corte del Distrito Norte de California bajo la conducción del juez William Alsup, obligó a desclasificar aproximadamente 4,000 páginas de documentos internos. Ahí apareció Panamá. Y ahí apareció también algo más incómodo para la empresa.

Porque el expediente distingue dos operaciones distintas. Una fue la compra legal de libros físicos para escanearlos y destruirlos: el juez la consideró amparada por el principio de fair use de la ley estadounidense. La otra fue la descarga de material pirata: alrededor de cinco millones de títulos de Library Genesis, dos millones de Pirate Library Mirror y cerca de 183,000 de la base Books3. Esa segunda parte no pasó el filtro legal. Y salió cara.

1,500 millones de dólares. Esa es la cifra que Anthropic aceptó pagar para cerrar el litigio, en un acuerdo que los abogados de los demandantes describieron como la mayor recuperación conocida por derechos de autor en la historia. El fondo cubre alrededor de 500,000 obras identificadas, a razón de unos 3,000 dólares por título —cerca de 55,000 pesos al tipo de cambio actual—. El juez Alsup frenó temporalmente la homologación del acuerdo por considerarlo lleno de puntos ciegos, y convocó a audiencias adicionales para afinar los términos. La empresa, por su parte, sostiene que los libros pirateados no fueron utilizados para entrenar sus modelos comerciales.

Aquí es donde a los autores mexicanos les conviene sentarse. El plazo para que escritores y editoriales se registraran como beneficiarios del acuerdo cerró en marzo pasado. En Francia, la sociedad de derechos ADAGP identificó apenas una quincena de obras de sus representados. En México no existe hasta ahora un registro público de cuántos títulos de autores nacionales quedaron atrapados en esas bases de datos, ni consta que la SOGEM o el Centro Mexicano de Protección y Fomento de los Derechos de Autor hayan gestionado reclamaciones colectivas. Traducción: es posible que haya escritores mexicanos con derecho a compensación que ni se enteraron de que existía la ventanilla.

Y el asunto no terminó con el cheque. Libreros de viejo en Europa y Estados Unidos reportan desde hace meses pedidos masivos y anónimos de lotes completos de libros usados. La prensa neerlandesa documentó una solicitud proveniente de Singapur que incluía una lista de 3,000 títulos en varios idiomas, entre ellos un tratado de geomecánica y un estudio sobre folclor irlandés. El patrón sugiere que la carrera por el papel físico sigue viva. ¿Cuánto vale hoy un ejemplar de tiraje corto que nadie ha digitalizado?

La razón técnica es sencilla y hasta halagadora para el gremio: los modelos de IA se entrenaron con todo lo que había en internet, y el internet escribe mal. Un libro, en cambio, pasó por editor, corrector y varias lecturas. Las palabras están pesadas, las frases construidas. Los propios memorandos internos de Anthropic lo dicen sin rodeos: los libros sirven para enseñarle al modelo a escribir bien en lugar de imitar el lenguaje de baja calidad de la red. La materia prima de la elocuencia artificial resultó ser el oficio humano acumulado durante siglos.

Hay un matiz que separa este caso del antecedente obvio. Google Books también digitalizó millones de volúmenes, pero con la lógica de que el saber no se perdiera: el resultado quedó consultable. El corpus del Proyecto Panamá es privado. No está indexado, no es accesible para lectores, ni para bibliotecas, ni para los propios autores. Es un archivo de la producción escrita de la humanidad que existe, pero al que nadie puede entrar salvo la empresa que lo armó.

¿Qué cambia para usted, que quizá ni escribe libros? Si es autor o editor, conviene revisar si su catálogo aparece en las listas de obras del caso y vigilar las siguientes rondas de litigio: Meta, OpenAI, Google y Microsoft enfrentan demandas por hechos similares, y varios autores que se salieron del acuerdo colectivo mantienen procesos individuales contra Anthropic. Si es librero de viejo, revise dos veces al comprador que llega pidiendo el lote completo sin preguntar títulos. Y si es lector, considere que el debate de fondo ya no es si se destruyeron tesoros irremplazables —eso no está probado—, sino que un puñado de empresas privadas quedó como único depositario de copias digitales de porciones enteras de la producción escrita humana, sin supervisión externa clara.

Ese último argumento, por cierto, no lo formuló un crítico de la industria. Lo escribió Claude, el modelo entrenado con esos libros, cuando un diario francés le preguntó qué opinaba del método usado para alimentarlo. Respondió que el hecho de que le sirviera no lo volvía más indulgente, sino lo contrario. La próxima vez que alguien le presuma lo bien que redacta la IA, pregúntele de dónde salió esa prosa.

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