En la Odisea, Odiseo llega a Ogigia, una isla remota situada en el “ombligo del mar”, donde la ninfa Calipso lo retiene durante años. La escena tiene todos los elementos de un umbral mítico: un espacio fuera del mundo conocido, una naturaleza exuberante y una figura divina que ofrece descanso, inmortalidad y una decisión difícil.
Milenios antes, la Épica de Gilgamesh narraba un episodio con ecos sorprendentes. Tras atravesar el monte Mashu, una montaña vinculada al nacimiento del sol, el héroe encuentra a Siduri, la tabernera divina que vive junto al mar y lo orienta para cruzar las aguas de la muerte hacia la tierra del inmortal Utnapishtim.
Dos paisajes en el extremo del mundo
Ogigia aparece cubierta de prados, violetas, apio, árboles frutales, viñas y fuentes. Calipso vive en un entorno de abundancia que contrasta con el largo viaje de Odiseo y con su deseo de regresar a Ítaca.
El monte Mashu tiene una geografía más oscura y vertical. Sus raíces se hunden en el inframundo, su cima alcanza el cielo y un túnel prolongado conduce al héroe hacia un espacio situado más allá de la experiencia humana. Después de esa travesía, Gilgamesh llega al jardín y al mar de Siduri.
La figura femenina que guarda el umbral
Calipso y Siduri cumplen funciones diferentes, pero ambas aparecen como figuras femeninas divinas, solitarias y asociadas con un espacio liminal. Calipso es “la que oculta” o “la que vela”, mientras que Siduri recibe al viajero, le ofrece hospitalidad y le transmite un consejo decisivo.
En los dos relatos, el encuentro no es un episodio aislado. La figura femenina ayuda a definir el momento en que el héroe debe elegir entre permanecer en un mundo extraordinario o continuar hacia un destino incierto.
Paralelos entre Gilgamesh y Odiseo
Los dos lugares se ubican en los límites del mundo conocido y funcionan como umbrales entre lo humano y lo divino. También comparten una vegetación extraordinaria, una relación intensa con el agua y una travesía posterior hacia otra tierra, Dilmún en el caso de Gilgamesh y Esqueria en el de Odiseo.
Calipso ofrece a Odiseo la posibilidad de escapar de la condición mortal. Siduri, por su parte, lo aconseja sobre la vida y le indica cómo continuar su búsqueda. En ambos casos, el héroe recibe orientación y hospitalidad antes de emprender una navegación hacia un espacio “otro”.
¿Herencia literaria o fondo común?
Desde principios del siglo XX, filólogos como Peter Jensen y, posteriormente, Martin West y Jan M. Kozłowski han señalado que estos paralelos podrían ser algo más que una coincidencia. La Épica de Gilgamesh es anterior a Homero por más de un milenio, y la circulación de motivos entre Mesopotamia, Anatolia, el Levante y el mundo griego es históricamente plausible.
La estructura también ofrece un punto de comparación: el recorrido Ogigia, Esqueria e Ítaca guarda semejanzas con la secuencia Mashu, Dilmún y Uruk. Eso no prueba por sí solo una dependencia directa, pero abre la posibilidad de que relatos y motivos orientales viajaran durante siglos antes de incorporarse a nuevas tradiciones.
Un enigma que sigue navegando
No todos los especialistas aceptan una transmisión específica entre ambos poemas. Algunos prefieren hablar de un fondo común de mitos del Próximo Oriente antiguo, compartido y transformado por distintas culturas. La semejanza puede ser fruto de contactos literarios, de estructuras narrativas recurrentes o de una combinación de ambos procesos.
La coincidencia de la geografía simbólica, la vegetación paradisíaca, el mar y la figura femenina velada sigue siendo, sin embargo, uno de los ejemplos más sugerentes de cómo la literatura mesopotámica pudo dejar huella en la epopeya griega.
La pregunta permanece abierta: ¿casualidad o herencia literaria de tres mil años? Como los propios héroes, la respuesta continúa viajando entre Oriente y Occidente.
