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La hidratación más allá del agua: cómo interpretar las señales del cuerpo

Cuando se habla de hidratación, casi siempre se reduce el tema a “tomar suficiente agua”. Aunque el agua es fundamental, hidratarse es un proceso más complejo que involucra minerales, señales fisiológicas y alimentos que también aportan líquidos. Entender este panorama completo permite evitar tanto la deshidratación como el exceso de agua, dos problemas más comunes de lo que parece.


Las señales del cuerpo: más que solo sed

La sed es una señal tardía. Cuando aparece, el cuerpo ya ha comenzado a perder líquidos. Por eso es útil aprender a reconocer otros indicadores de hidratación:

La orina es una de las referencias más prácticas. Un color amarillo claro suele indicar buena hidratación, mientras que tonos más oscuros sugieren que el cuerpo necesita líquidos. Sin embargo, ciertos suplementos o vitaminas pueden alterar este color, por lo que debe interpretarse con contexto.

La fatiga temprana, dolores de cabeza frecuentes, dificultad para concentrarse y sensación de boca seca también pueden ser signos de deshidratación leve. En personas activas o mayores, la disminución del rendimiento físico o la aparición de calambres puede ser una alerta importante.

Por otro lado, beber en exceso sin necesidad puede provocar una sensación de hinchazón, náuseas o incluso alterar el equilibrio de minerales en sangre. La hidratación óptima es un punto intermedio, no una competencia de litros.


Electrolitos: el equilibrio que el agua sola no cubre

Los electrolitos son minerales como sodio, potasio, magnesio y calcio que regulan funciones clave: contracción muscular, transmisión nerviosa y equilibrio de líquidos. Durante actividades intensas, sudoración abundante o exposición prolongada al calor, el cuerpo pierde electrolitos junto con agua.

En estos contextos, solo beber agua puede no ser suficiente. Reponer líquidos sin minerales puede diluir el sodio en sangre, afectando el rendimiento y, en casos extremos, la salud. Por eso, en entrenamientos largos, trabajos físicos demandantes o jornadas calurosas, las bebidas con electrolitos o soluciones caseras bien equilibradas pueden ser útiles.

Esto no significa que todas las personas necesiten bebidas deportivas a diario. Para actividades ligeras o de corta duración, una alimentación balanceada suele cubrir las necesidades minerales. El punto clave es adaptar la hidratación al nivel de exigencia, no al marketing.


Hidratación a través de los alimentos

Una parte significativa de la hidratación diaria proviene de los alimentos, especialmente frutas y verduras. Muchos de ellos contienen entre 80 y 95 por ciento de agua, además de fibra, vitaminas y minerales.

Algunos ejemplos destacados incluyen sandía, melón, naranja, fresas, pepino, jitomate, lechuga y calabacita. Estos alimentos no solo aportan líquidos, sino que los liberan de forma gradual durante la digestión, favoreciendo una hidratación más sostenida.

Además, las frutas y verduras suelen contener potasio y otros micronutrientes que apoyan el equilibrio electrolítico de manera natural. Por esta razón, una dieta rica en alimentos frescos puede reducir la necesidad de beber grandes volúmenes de agua de forma constante.


Hidratación y contexto: edad, clima y actividad

Las necesidades de hidratación no son universales. Cambian según la edad, el clima, el nivel de actividad física y el estado de salud. Las personas mayores, por ejemplo, suelen percibir menos la sed, lo que aumenta el riesgo de deshidratación. En climas calurosos o a gran altitud, la pérdida de líquidos se incrementa incluso sin ejercicio intenso.

Escuchar al cuerpo, observar sus señales y ajustar la ingesta de líquidos y electrolitos según el contexto es más efectivo que seguir reglas rígidas como “ocho vasos al día”.


Hidratarse de forma inteligente

La hidratación adecuada no se trata solo de llenar una botella y terminarla varias veces al día. Implica entender cómo responde tu cuerpo, cuándo necesita algo más que agua y cómo los alimentos forman parte de ese equilibrio.

Beber cuando hay señales tempranas, incluir frutas y verduras en la alimentación y usar electrolitos solo cuando la situación lo amerita permite mantener un estado de hidratación más estable, funcional y sostenible. En el fondo, hidratarse bien es una práctica de atención al cuerpo, no una fórmula fija.

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