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miércoles 10 de junio de 2026
Columnas

El Mundial llegó a cobrar las promesas vencidas

La Jabalinada

Por Bruno Cortés

La ciudad se preparó para mostrar su mejor rostro. Se limpiaron corredores, se reforzaron operativos y se trazaron rutas para que el espectáculo avanzara sin tropiezos. El Mundial exige una ciudad que parezca ordenada, aunque el orden dure lo mismo que una transmisión televisiva.

Pero los conflictos no desaparecen porque una avenida tenga vallas nuevas.

El 9 de junio de 2026, mientras el Gobierno afinaba los detalles previos a la inauguración, la agenda de movilizaciones en la Ciudad de México registraba actividades de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y de familiares de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. A ellos se sumaban otros sectores que habían anunciado protestas o acciones para hacerse visibles durante el torneo: transportistas, productores agrícolas, familias buscadoras y colectivos urbanos críticos de la gentrificación.

No forman un ejército coordinado. No tienen un solo pliego petitorio. Tampoco existe evidencia suficiente para presentar cada ruta difundida en redes sociales como un hecho confirmado. Esa precisión importa. En tiempos de crisis, la exageración suele ser una forma barata de propaganda.

Lo que sí existe es una coincidencia elemental: todos aprendieron que una demanda ignorada durante meses puede volverse urgente cuando las cámaras internacionales llegan a la ciudad.

Una ciudad con deudas debajo de la alfombra

La CNTE no comenzó su protesta por el Mundial. Su reclamo principal apunta a la Ley del ISSSTE publicada en 2007. Han pasado 19 años. Durante ese tiempo cambiaron presidentes, secretarios de Estado y discursos oficiales, pero el conflicto pensionario permaneció en el mismo lugar, como un mueble pesado que nadie quiso mover porque debajo había demasiada suciedad acumulada.

El Gobierno puede instalar mesas, ofrecer revisiones, anunciar incrementos salariales y prometer nuevas rutas legislativas. Algunas de esas medidas pueden aliviar el problema. Ninguna elimina la pregunta de fondo: ¿por qué una disputa que atravesó casi dos décadas terminó negociándose con el calendario mundialista encima?

La respuesta más simple suele ser la correcta. Durante años resultó más barato administrar la siguiente marcha que resolver la causa de la marcha anterior.

La mecánica es conocida. Se abre una mesa. Se firma una minuta. Se fija otra reunión. El plantón se retira durante algunos días. La autoridad declara que existe diálogo. El conflicto abandona los titulares, pero no abandona la vida de quienes lo padecen. Después regresa cuando encuentra una fecha imposible de ignorar.

El Mundial es esa fecha.

Las fotografías que no caben en el protocolo

Las familias buscadoras representan un problema distinto. No reclaman una modificación salarial ni una reforma administrativa. Exigen encontrar a sus hijos, identificar responsables y obtener respuestas que puedan comprobarse fuera de una conferencia de prensa.

La crisis de desapariciones no cabe en una minuta. Tampoco puede solucionarse antes del silbatazo inicial. Cada familia carga su propio calendario: el último mensaje, la última llamada, el último lugar donde alguien vio a la persona que falta.

Frente a esas familias, el lenguaje burocrático revela su inutilidad con una claridad casi obscena. Una autoridad puede hablar de mecanismos, coordinación interinstitucional y mesas de seguimiento. Una madre sostiene una fotografía. La fotografía suele explicar mejor el fracaso del Estado.

Ayotzinapa conserva esa misma fuerza. La noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014 desaparecieron 43 estudiantes normalistas. Casi 12 años después, las familias siguen exigiendo verdad y justicia. Distintos gobiernos recibieron el expediente. Ninguno consiguió cerrar la herida.

Un bloqueo vial puede provocar enojo entre automovilistas. Una madre frente a un estadio, con la fotografía de su hijo desaparecido, plantea una pregunta más difícil: ¿qué clase de país celebra una fiesta internacional mientras sigue buscando a sus muertos?

Las carreteras y los campos también llegan al estadio

Los transportistas anunciaron su intención de visibilizar durante el Mundial la inseguridad en las carreteras, las extorsiones y los delitos contra operadores. El alcance exacto de sus acciones todavía requiere confirmación. Pero el agravio no es nuevo.

Desde meses atrás, el sector denunció que los acuerdos con las autoridades perdieron credibilidad. Un operativo temporal puede disminuir riesgos en algunos tramos. No puede sustituir una estrategia de seguridad.

La misma lógica se repite en el campo mexicano. Cuando los productores llegan con tractores a las carreteras, el conflicto parece aparecer de improviso. En realidad, suele haber crecido lejos de las cámaras: en el precio de los insumos, en el crédito insuficiente, en la inseguridad y en la competencia de las importaciones.

El Gobierno responde cuando el tractor entra en cuadro. Antes de eso, el problema permanece fuera de la fotografía oficial.

La ciudad impecable y la ciudad real

Los colectivos urbanos cuestionan otro costo del torneo: la presión inmobiliaria, la turistificación, el encarecimiento de la vivienda y el uso del espacio público como escaparate.

No todos los señalamientos pueden darse por probados sin revisar permisos, contratos y expedientes. Pero la pregunta es legítima: ¿para quién se transforma una ciudad durante los grandes eventos?

La ciudad oficial quiere mostrar banquetas limpias, murales restaurados y corredores seguros. La ciudad real pregunta cuánto costará la renta después de la ceremonia.

El Mundial no inventó la gentrificación. Tampoco creó la inseguridad carretera, la crisis del campo, las desapariciones o la disputa pensionaria. Hizo algo más incómodo: colocó reflectores encima de todo al mismo tiempo.

Un Gobierno con muchas oficinas y una sola voz

Las autoridades no han permanecido inmóviles. Funcionarios federales participaron en mesas de negociación. Las dependencias anunciaron medidas y revisiones. Sin embargo, la presidenta Claudia Sheinbaum aparece como la principal responsable de explicar cada conflicto ante la opinión pública.

La centralización ofrece una ventaja: evita contradicciones y permite controlar el mensaje. También revela una debilidad.

Cuando los secretarios negocian, pero la presidenta explica; cuando las dependencias reciben demandas, pero Palacio Nacional absorbe el desgaste; cuando cada problema necesita subir hasta la misma ventanilla, el gabinete comienza a parecer un conjunto de oficinas auxiliares.

Un país no puede depender de una sola voz para traducir todos sus fracasos.

La Presidencia puede funcionar como escudo durante algunos días. No puede convertirse en la única institución visible de un Estado que tiene secretarías, fiscalías, comisiones, congresos y gobiernos locales.

El partido comenzará, pero la crisis seguirá afuera

La tarea inmediata del Gobierno es concreta: garantizar el derecho a la protesta, evitar confrontaciones, mantener accesos razonables y proteger a la población. Confundir a una familia buscadora con una amenaza de seguridad sería tan torpe como ignorar el riesgo de incidentes.

Pero contener una marcha no equivale a resolver una crisis.

El estadio abrirá sus puertas. El partido comenzará. Las cámaras encontrarán goles, banderas y graderías llenas. Después, cuando termine la transmisión, las pensiones seguirán sin resolverse, las carreteras continuarán siendo peligrosas y las familias volverán a buscar a quienes faltan.

El Mundial no provocó el incendio.

Solamente encendió las luces.

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